lunes, 22 de agosto de 2011

Encrucijada: Casillas está contra la espada y la pared

Los entrenamientos del Madrid en Valdebebas, la temporada pasada, solían acabar cuando José Mourinho, el técnico, señalaba el final y Jorge Mendes, su agente, salía al campo a esperar a sus amigos frente al vestuario. Ahí se reunían Pepe, Cristiano, Marcelo, Di María y a veces Carvalho. Formaban un corrillo ameno. Eran el poder emergente y la mayoría de los jugadores les saludaban al pasar. Todos hacían algún gesto a Mendes y Mourinho, aunque fuese por cortesía. Todos menos Iker Casillas, el capitán, que, según los empleados del club, daba un rodeo largo y evidente. Un rodeo de silencio que era en sí mismo un mensaje de distanciamiento. Una manera de no mezclarse en el programa de un entrenador por cuyos métodos no sentía una afinidad espontánea.

En La Roja, repleta de azulgranas, creyeron que anteponía su lealtad al portugués

Casillas se mantuvo al margen de la estrategia de comunicación de Mourinho hasta los clásicos de abril. Entonces comenzó a implicarse. Lo hizo hasta secundar el discurso de su entrenador por completo. Hasta que entró en conflicto con su amigo, el capitán azulgrana Xavi Hernández. Hasta que negó la realidad. Hasta que dijo que Cesc se había tirado tras una entrada violenta de Marcelo, lo que equivalía a denunciar a un compañero de selección por mala fe. Casillas fue tan lejos que tras la Supercopa -tras repasar las imágenes que certificaban su error- se vio obligado a tomar la iniciativa en un gesto valiente. Un gesto que le honra: rectificar.

Según informó Al Primer Toque , el programa de Onda Cero, tras la Supercopa, Casillas hizo algo imprescindible para reconstruir la armonía en el fútbol español: llamó por teléfono a Xavi y a Puyol. Lo hizo asumiendo su responsabilidad como capitán del Madrid y de España, pero sobre todo en un intento por restituir su credibilidad personal. Puyol y Xavi son los dos chicos con los que Casillas trabó amistad hace diez años. Sus cómplices en la capitanía de la selección. Los ideólogos de una epopeya que llevó a España a conseguir los mayores logros futbolísticos de su historia. Una empresa inacabada que, sin embargo, peligraba tras las peleas entre jugadores y técnicos -a puñetazos- de los clásicos de la Champions,y después de los estrepitosos partidos de la Supercopa en los que Karanka, el vicario de Mourinho, insistió públicamente en una conspiración arbitral antimadridista.

Casillas nunca fue un líder de discursos. Ante las crisis, su carácter, un poco tímido, un poco tozudo, le impidió comunicarse con el grupo y con el entrenador desde la ortodoxia de los oradores. En el vestuario del Madrid se mostró indiferente ante el técnico y aglutinó a los españoles. Así se mantuvo hasta febrero, cuando el presidente, Florentino Pérez, le llamó para pedirle que hiciera demostraciones públicas de lealtad a Mourinho. Según fuentes del vestuario, se lo pidió por el bien del club, para conseguir la estabilidad necesaria para afrontar el final de temporada con opciones de ganar títulos. Desde entonces Casillas repitió todo lo que pidió Mourinho que se dijese: que el equipo había hecho una buena temporada, que los jugadores del Barça fingían sufrir faltas y que los árbitros dañaban al Madrid.

En la selección pensaron que Casillas abrazaba por completo la causa de Mourinho. "Más no se puede hacer", decían. Casillas cumplió con su entrenador, según sus compañeros de club, porque se lo pidió el presidente, porque es un madridista dolido y el discurso victimista le proporcionó una coartada cómoda ante la superioridad del Barça, y porque Mourinho se mostró muy crítico con Cristiano en el vestuario. Que desde abril Cristiano recibiese un trato áspero por parte del técnico pareció satisfacer a Casillas en su afán por no conceder privilegios al Balón de Oro portugués.

Ahora Casillas vuelve a moverse. Ha llamado a Xavi y a Puyol. Su condición de símbolo del fútbol español le exige dar el paso.



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