jueves, 24 de abril de 2014

Golpe a la "bestia negra"

No sólo es ganar, no es eso. Lo importante tampoco es haber mantenido la portería a cero. Lo anterior es relevante, nada más, números que animan. Lo trascendente, sin embargo, es haber superado un problema y volteado una situación adversa, reponerse, crecer, imponerse, asustar, ser el Madrid. El Bayern sufrirá ese impacto más que el gol que recibió y el que no llegó a marcar. Más que el resultado, le pesará más la sensación de que llegó altivo y salió achicado.

No sólo hay que destacar las contras del Madrid, jaulas que se abrían para que salieran mil pájaros en estampida. El mérito fue avanzar hasta conquistarlo todo, no sólo el marcador, maniatar al gigante, doblar un destino que parecía otro en el principio del partido.

En el primer cuarto de hora el Bayern dejó boquiabierto al Bernabéu, probablemente al mundo entero. Tocaba y tocaba, dominaba a su antojo, peinaba la hierba como si fuera el pelo de una niña de doce años. Parecía el Barza sin rayas azules; el Barza de Guardiola, naturalmente. Aquella presión nada más perder la pelota, la misma coreografía de futbolistas unidos por un hilo invisible. Lahm era el representante de los bajitos en ese universo rojo.

Costó cerrar la boca, de ahí el silencio del estadio. Fue imposible no asombrarse. Hasta el Madrid lo hizo. Durante algunos minutos cayó en la hipnosis que generan los balones que van y vienen, que nunca se detienen. La estadística era contundente: cuatro saques de esquinas en 14 minutos. Luego supimos que la estadística también era engañosa.

Con la mínima lucidez que le quedaba, el Madrid se palpó el cuerpo y advirtió que no tenía sangre, ni siquiera el uniforme rasgado. Descubrió entonces que la aparente paliza era en realidad un masaje sueco, porque el Bayern apretaba, pero no hacía herida. Su fútbol resultaba tan impecable, tan académico, que huía de la suciedad de cualquier fluido. Los terribles alemanes se comportaban como un cirujano sin bisturí. El Madrid no tenía delante a un cazador, sino a un domador con una silla.

En cierto modo, el Bayern hacía gala del toque mediterráneo que tan nervioso pone a Beckenbauer, alemán de pura cepa y ejemplo de un carácter germánico que tan bien definió el humorista catalán Perich: Qué se puede esperar de un pueblo que para dar las gracias dice “tanque”.

El Madrid se liberó del complejo en cuanto tuvo ocasión de correr. Primero probó tímidamente, y después con más convicción. Hasta que se escuchó el trueno. Discurría el minuto 17 cuando la espalda de Pepe evitó el primer gol del Bayern. No nos dio tiempo a expresar con palabras lo que suele significar eso en el Bernabéu, pero juro que lo sabíamos. Gol del Madrid. Reacción instantánea, fogonazo. La jugada fue más rápida de lo que tardarán en leerla: Cristiano lanzó a Coentrao, profundo, y el portugués asistió a Benzema, que marcó ante el clamor del público. No hay como vencer al miedo.

Cristiano pudo marcar el segundo gol, quizá la sentencia, pero tampoco conviene abusar del buen fario. A pesar de estar mermado, ya había compensado su bendita obstinación por jugar. Di María también lo tuvo en sus botas. Su problema es que se llenó de balón, de gula, de zurda, y la tiró al cielo, por donde ya corría él. Los flacos se empachan si comen mucho.

No fue lo del Chelsea, ya me adelanto a decirlo. El Madrid no entregó la posesión (75% del Bayern durante la primera mitad), se la arrancaron de los pies. Tampoco se conformó con un premio menor. Al contrario. El equipo que salió del vestuario en la segunda mitad fue todavía más ambicioso. El Bayern no esperaba tal cosa, supuso que se impondría su físico. No imaginó que Carvajal y Coentrao pudieron seguir corriendo. Que Isco tuviera energías para tapar y para jugar. Que Alonso siguiera agarrado al timón. Que Pepe se dejará la vida hasta la literal desintegración.

Neuer sacó dos buenos tiros de Cristiano, ambos chutados con el alma. Los de rojo se encogieron y heredaron el miedo que antes causaban. El Madrid estuvo a la altura de su historia, de lo que cuentan los viejos. Casillas cumplió con su milagro diario al repeler un cañonazo de Göetze. La entrada de Müller mejoró al Bayern porque lo hizo más alemán, más fiel a su estilo. Hay apellidos que son banderas. Pudo marcar cualquiera, pero estuvo más cerca el Madrid. Sí, la historia continuará en Múnich, pero el miedo ha cambiado de acera.

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